martes, 3 de noviembre de 2015

Día de la Reforma: protestantismo y libertad religiosa

Cuando un 31 de octubre, hace 498 años, Martin Luther (Martín Lutero, según esa espantosa costumbre de “traducir” los nombres de las personas) clavaba sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, era difícil imaginar que estaba cambiando para siempre el destino del cristianismo y del mundo occidental en general. Fue el puntapié simbólico de la Reforma, que luego sería conocida como “protestante”, un movimiento que en sus diversas manifestaciones, con sus luces y sombras, sacudió profundamente los cimientos de la sociedad medieval, transformando las estructuras religiosas, políticas y sociales, e influyendo para que el mundo sea de la forma en que lo conocemos hoy.
Bastante se ha discutido sobre la influencia de la Reforma en el desarrollo del moderno concepto de libertad religiosa. En general, se entiende que fue este movimiento el que generó la ruptura de la hasta entonces monolítica estructura religiosa del medioevo. Por otro lado, las distintas adhesiones o rechazos que generó la nueva corriente entre los líderes políticos que aquel entonces (emperadores, reyes, príncipes) dieron lugar a las tristemente célebres guerras religiosas que asolaron Europa durante los siglos XVI y XVII. Una forma de detener esos conflictos fue la adopción del principio “cuius regio, eius religio” (algo así como “tal es el rey, tal la religión”), según el cual se establecía una especie de libertad religiosa por Estados: cada soberano tenía derecho de elegir su religión, y la misma sería oficial en el territorio donde él gobernase. Tal principio fue adoptado, por ejemplo, en los tratados de paz de Ausburgo (1555) y Westfalia (1648). De este modo, se descartaba definitivamente el monopolio religioso Católico Romano, al menos en Europa.

Por otro lado, se ha sostenido –con razón– que dentro de los territorios gobernados por los protestantes, pronto se comenzó a oprimir, cuando no directamente a perseguir, a las personas de otras religiones. A menudo corrieron tal suerte los católicos, los judíos (son famosas las diatribas de Luther contra ellos) y hasta los protestantes de una línea distinta a la de la mayoría. Aunque nunca existiera una maquinaria tan organizada como el Santo Oficio de la Inquisición, es evidente que en general muchos protestantes pronto abandonaron el discurso tolerante que habían sostenido desde su origen. Y creo que ahí está la respuesta al dilema: la libertad religiosa individual es esencial dentro de la cosmovisión protestante, pero fue muchas veces dejada de lado, sea por motivos políticos, sea por derivaciones doctrinarias.

Las doctrinas bíblicas luteranas del acceso a la lectura personal de las Escrituras y su libre interpretación, así como del sacerdocio de todos los santos, sentaron las bases para sustraer de la jerarquía eclesiástica la autoridad para juzgar en asuntos de conciencia, un presupuesto fundamental de la libertad religiosa. Si ningún hombre o grupo de hombres tiene autoridad para establecer qué es la verdad en términos de religión, entonces ¿cómo ha de juzgarse a quien crea algo diferente a lo que yo creo? Más aún, ¿cómo puede obligarse a alguien, mediante el uso de la fuerza pública, a adaptarse a las convicciones establecidas por la jerarquía eclesiástica?

Decía Luther en los comienzos de la Reforma:
“La herejía nunca puede ser prevenida por la fuerza. Debe en cambio se abordada de una manera diferente, y debe ser resistida por otro medio que no sea la espada. Aquí debe ser la Palabra de Dios la que constriña”[1].
“Cada uno de nosotros somos sacerdotes [...] ¿por qué entonces no deberíamos estar autorizados a probar o experimentar, y a juzgar lo que es correcto o erróneo en materia de fe? […] “El que es espiritual juzga todas las cosas, pero no es juzgado por ninguna” […] Debemos juzgar […] todo lo que los Romanistas hacen o dejan de hacer. Debemos aplicar aquella comprensión de las Escrituras que poseemos como creyentes […] Ya que Dios habló una vez mediante un asno, ¿por qué no podría Él venir en nuestros días y hablar a través de un hombre de fe, incluso contradiciendo al Papa?”[2].
Aunque luego haya modificado sus puntos de vista, aquél primer Luther sentó hace casi 500 años las bases de la libertad religiosa y de conciencia que hoy reclamamos y defendemos.





[1] Martin Luther, “An Appeal to the Ruling Class,” 389. En ambos casos, la traducción me pertenece.
[2] Ibid, 414.

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